6.08.2010

Miradas elocuentes


¿Cuántas miradas podemos llegar a intercambiar en un sólo día?

Si hubiera una tipología definida para las miradas, sería muy extensa. Por ello, me centraré hoy en las miradas elocuentes.

Hay miradas con las que sobran la palabras. Hay miradas que auguran promesas. Hay miradas incendiarias. Me crucé contigo en unas escaleras. Tú subías, yo bajaba. Nos miramos. En menos de dos segundos nos escaneamos mutuamente. La claraboya traslúcida, a mediodía, nos iluminaba como un foco cenital.

Se podían apreciar todas las horas que ya habías pasado tomando el sol a comienzo del verano. Un moreno muy apetecible. Cómo serían las fronteras que separan las zonas de tu piel con distinta exposición solar. Y seguiste hacia arriba. Y yo, hacia abajo. Y los dos conservando la media sonrisa, un punto pícara, que habíamos cruzado a tres palmos de distancia. Dos escalones más abajo, giré un ápice la cabeza. Unas piernas al borde de la perfección. Firmes y estilizadas.

Nos encontramos tres veces más, creo, antes de hablar por vez primera. Estabas sentada en aquel banco de teca, apoyada en la pared, leyendo Vanity Fair, me miraste, te sonreí y me senté a tu lado. A partir de entonces, seguimos hablando en cada coffeemoment, en cada hueco de desconexión, en cada quedada para liberarnos, aunque sólo verbalmente, de las movidas propias de 100 días laborables. Ya ha pasado un tiempo desde que acabaron esos días.

Te prometí que sería "bon xic", y hasta la fecha, lo he sido. Pero algún día, cuando sincronicemos nuestros relojes circunstanciales... espero que todo lo que, por separado, hayamos imaginado, lo pongamos en común. Con aplicación práctica. Sin que por ello deje de ser "bon xic"...

Recuerdo tu piel moteada de gotitas de sudor en las que incidía el sol mientras descansábamos, sentados, en aquella terraza. Calor húmedo. Y me pillaste mirándote el brazo (embelesado o empanado, como prefieras). Y me miraste. Y sí, me guiñaste un ojo. Comentarios sueltos, sutiles, sugerentes, tanto tuyos como míos, acompañados de miradas elocuentes. Que permitían imaginar esas mismas gotas de sudor, en otro espacio, en otro momento.

Recuerdo hacerte a un lado junto a la máquina de café sosteniendo suavemente tu cintura, apenas con la yema de mis dedos. Prepararme un café del temps y pasar un hielo por tu nuca mientras haces fotocopias. Y te giras mirándome con enfado sonriente, y señalas tu piel de gallina. Y hablamos de esos escalofríos, en amaneceres desnudos con la ventana abierta.

Acercarme a tu ordenador, inclinarme hacia ti como si ese documento de InDesign fuera interesantísimo, pero sólo para aspirar el olor de tu cuello, mezcla de perfume, sudor y brisa marina.

Pasar un brazo por tus hombros en una escapada para recargar chucherías, y sentir el confortable roce de tu mano rodeando mi cintura... de forma muy natural, espontánea.

Y nos despedimos después de muchas escenas de esta índole. Y nos miramos. Y me dijiste tienen que existir los "hastalapróxima", joder. Y no nos hemos vuelto a ver. Pero las miradas elocuentes siguen latiendo en nuestras respectivas memorias. ¿O no?

Y mientras tanto, mantendremos la calma con Tranquilize

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