
A vosotros, criaturas varoniles, que oléis bien incluso cuando no es así; que arregláis el grifo del lavabo e incluso podéis abrir esos tarros que tanto se me resisten. A ti, que pierdes un gemelo y te las apañas con un simple imperdible; tú, que no dudas en fijarte en una mujer con un buen puñados de años o kilos encima (y además le dedicas un silbido con toda tu buena intención); hombre, que estás convencido de que cualquier alfombre quedará bien en el salón (“de verdad, ya verás”); que pareces andar por la calle un poco más alto que yo y casi siempre, más atento. Tú, que montas mi armario de Ikea y preparas los bocadillos perfectos; que le compras el cucurucho XL al tipo de las castañas calentitas mientras esperas por mí en la cola del teatro durante tres horas sin (apenas) quejarte; amante, que me enjabonas en la ducha y te sumerges conmigo en la bañera; tú, caballero, soldado, profesor o cavernícola; gracias por aquel paseo por los viñedos, el parque de bomberos o aquel lago con patitos; amigo, que me coges en brazos y me llevas a urgencias mientras secas mis lágrimas; a ti, que apareces cada cierto tiempo para confundirme y atormentarme; tú, siempre tú, que permaneces en órbita, a mi izquierda y tieso, y me defiendes a capa y espada como el caballero andante que nunca serás; desconocido, el que nunca se entera y nunca lo hará; colega, que perdiste el mando a distancia, el perro y hasta el norte; a ti, que me cantaste al oído y me devolviste a la vida; y tú, amor, que me dices esas cosas, que me haces estremecer.
Para todos aquellos que me destrozaron, aunque sólo fuera por un instante, y para todos aquellos que me hicieron crecer, que me consumieron, que me dieron diez veces más amor del que yo les di, os dedico estas líneas. A todos vosotros que os merecéis realmente llamaros hombres, vosotros que tenéis la habilidad de alimentar el fuego que nos mantiene calientes: encendednos.
Mary Louise Parker
Esquire - Enero 2010
(Transcripción propia)
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